Inteligencia


La inteligencia es una forma velada de insulto
al juego perla y gris de las palomas
contra el cielo plagado de distancia,
y se enroca en los nombres de las cosas
como la tempestad en la caracola,
y te venda los ojos y te vende si puede
y hace del mundo una jungla de escaques...
la inteligencia es ruina, es ruido, es nada,
vociferando al otro lado del jardín a oscuras:
pero la flor no es nunca el nombre que la llama
sino más y distinta, una punta del Todo, en realidad,
que asoma...

Esferas


 Vivimos enclaustrados en lo que alguien más brillante que yo se atrevería a definir como “diminutísimos compartimentos del espíritu”: sutiles habitáculos fractales interconectados a través de un soterrado juego de fuerzas indescifrable a primera vista, cada uno con nuestro pañal lleno de caca y liendres, mirando hacia abajo y de lado en lugar de hacia arriba y de frente... La situación en cierto modo podría parecer desesperada, pero el corazón queda fuera del tiempo, y el tiempo es sólo un ligerísimo resto de baba tentadoramente dulce en la comisura de los labios de un bebé de ojos grandes, oscuros como espejos en la noche... ¡Bravo! ¿Y qué quiero decir con todo esto? La desconcertante verdad en este preciso momento es que sencillamente no lo sé.

 Pero da la impresión de ser un buen comienzo.

Ónfalo


 Tus manos como esclavas revolviendo el paisaje, intentas sonsacarles, esconderlas, te procuras un cero, igual que si tú mismo fueras un estorbo mientras esa particular e inextricable inercia de vacío continúa dando vueltas en torno a tu centro... eres lo que no ves cuando no miras, tu mente un jarrón roto y rotos sus pedazos sobre un jardín de viento, espuma y miedo...

 Pero puedes vivir dulce, avanzar firme: despréndete del ónfalo enemigo, déjate arrebatar, desacierta, claudica... llora un beso de blanco, pliégate como el ala de un sinsonte, desnúdate y asciende a lo más hondo. Todo lo que no ves está por todas partes y tú eres un chiquillo dando voces dentro de una pecera, en el desierto...

Si no vuela... (I)


 No está en la costra, sino debajo de la costra. Lo decisivo no son las palabras, chicos y chicas, las palabras son sólo pequeñísimos heraldos, como electrones libres, que en realidad a nadie importan un carajo envuelto en bosta (tú lo sabes, yo lo sé, lo sabía Peter Pan, sobre todo Peter Pan...). ¡Debajo del discurso! Mirad debajo del discurso. Buscad la veta. ¡La veta es incolora! Y tan sutil que sólo los más avezados anti-científicos y escritores de novela barata llegan a captar su real significado. Para entender lo que digo hay que andar del revés, caminar hacia atrás, arrastrarse de culo, besar la boca de bronce de las fuentes tupidas de verdín y hacerse caca encima al menos una vez cada seis o siete meses (siendo ya adultos o fingiendo serlo). Y esto con intención de fracturar la cáscara del alma que ya no es alma sino cosa y cosa triste por hinchada, asquerosa y purulenta.

 Atentos: cuando un sabedor habla, en realidad defeca. Tened esto muy en cuenta porque es lo que hacen todos los doctores, una manía de la gente que duerme poco y mal y lee demasiado (la lectura abundante es peor que un enema de guindilla. Y hablo en serio: vuelve idiotas a los que sólo son tontos, y a los apenas torpes los transforma en profesores de universidad y/o conferenciantes. Mi consejo en este asunto es: lanza tu libro al aire y, si no sabe volar, no lo leas). La solemnidad es la cal de lo que cierto Jesús llamó “sepulcros blanqueados”, la esencia de todo lo vano, pura proteína hueca. No persigas, no pretendas, no te expliques. Aprende a hablar de nuevo. 

 Y luego cierra la boca.

Nada como el sol

 Nada como el sol, tiene razón Sting. Nada como las balas-corazón, nada como los besos y el sabor de la sangre. Nada como decir la verdad del momento. Solemos sostener ese reparo capital irracional a todo lo que pende, lo que estorba, lo que gime y suda y fluye y deja restos. Pero entre la inmundicia también crecen las flores (y en esto tiene razón Paul McCartney): la pelusilla del ombligo y las legañas son milagros sin nombre y comer mierda es invitar a Dios a un Aleluya. Las flores no se oxidan, cada día los ángeles hollan la tierra. Los ojos de los niños son panteones divinos, plataformas y cúpulas y anfiteatros cósmicos levantados en homenaje a todo lo sagrado. La humedad de una lágrima vive y palpita tanto como todo el resto. No hay sistema. No hay modo, ni nodo, ni nudo que pueda contener la eclosión natural de todo lo que existe. Y tú y todo lo tuyo alentáis una parte, tal vez la más importante... ¿Pero qué es lo importante? El fiel de la balanza se mantiene en el centro: no importa lo que haga contigo la suerte. Eres digna, eres grande: eres la única Tú del universo. 

 Te amo sin haberte visto nunca.

Sálvate, olvida



 El drama del “Hombre y La Mujer De Letras” (esa común especie de homúnculo vermiforme), presos para su mal en un infierno ríspido de autocomplacencia y negrura espesa y tentadora como el aceite de oliva, su drama, digo, es el mismo del muerto viviente: porque se empeñan en recuperar un alma que perdieron a fuerza de excavar en el tremendo barrizal de lo escrito en los libros y es su propio ímpetu el que los entierra aún más y de peor forma en esa tundra telúrico-conceptual de la que se enamoraron siendo adolescentes... ¡por no ver la salida de la Cueva, los devora Platón como Saturno, etc...!

 Mis pequetuelos geniales, chicos y chicas de gafas de pasta y ojos estrábicos, arded en tórrido romance con la Vida y renunciad a Aristóteles y a Kant, a Popper, Jaspers, Foucault y su puta madre. ¿Qué es eso de andar perdiendo el tiempo con la Aristocracia del Espíritu? Por lo que a mí respecta nada tienen que ver los higos con las brevas y Wittgenstein era un tremendo hijo de perra.

 Digámoslo cuanto antes y para terminar: el alma NO ACEPTA ser analizada. Y el lugar de los chiquillos es el parque. Es lo que intento que comprendan las bellezas cantarinas, fúlgidas-etéreas, del orden "Zaradat & Otras": no hay salvación posible, esto es cierto, ¡pero tampoco existe ninguna condena!    

Los Nombres y las Formas


Dejar atrás los Nombres
y las Formas,
deshacer las fronteras
del milagro,
tan sólo echar a andar: 
cualquier camino va 
camino a casa.